La ex diputada Gabriela Cerruti fue designada este jueves por el presidente Alberto Fernández como su nueva vocera, con rango de ministra, una figura que el mandatario afirma haber tomado de algunas socialdemocracias europeas.
Justamente, esa ideología es la que Cerruti viene a representar con sus voz feminista, ante el avance de la impronta peronista en en gabinete de Alberto, quien incluso afirmó que eligió una mujer para es rol por su «comunicación clara».
La portavoz, tiene un pasado como periodista, escritora y ex legisladora y tiene por delante el desafío de transformar de fondo la relación de Alberto con los medios de comunicación y, más en general, el de proponer una nueva forma de comunicación oficial.
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Si bien su designación se produce en el marco del maremoto que generó en el oficialismo la debacle electoral en las PASO de inicios de septiembre, sus responsabilidades exceden la perspectiva electoral, aunque este mes de campaña previo a las Legislativas de noviembre implicarán una prueba crucial para la nueva funcionaria del área de Presidencia. Pero no será el primer gran desafío de la vida de esta referente feminista nacida en la localidad del sur bonaerense de Punta Alta hace 55 años.
Después de un infantil proyecto de ingresar a la orden religiosa de las Carmelitas Descalzas, en su primera juventud Cerruti se decidió a estudiar periodismo en la Escuela Superior de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata y rápidamente comenzó a colaborar don diversos medios primero locales y luego de la Ciudad de Buenos Aires. Gracias al hoy cuestionado periodista Daniel Santoro, en 1985 logró ingresar a la agencia Noticias Argentinas como redactora y dos años después ya estaba publicando en el semanario Somos, en El Periodista y en el recién nacido Página/12, medio donde fue como enviada especial a diversos países (Tailandia, Vietnam, Estados Unidos, Alemania, Francia, Bélgica, Italia, España México, Chile, Uruguay y Madrid) y donde llegó a ser jefa de la sección política. Una recurrente búsqueda del propio camino la llevó a abandonar el diario fundado por Jorge Lanata y lanzarse a la aventura de crear el medio propio: la revista Trespuntos.
En el contexto del boom de los libros de investigación periodística, en 1991 publicó, junto a Sergio Ciancaglini, El octavo círculo, crónica de la Argentina menemista. La periodista seguiría canalizando por la vía literaria su pasión antimenemista con la publicación en 1996 de El Jefe, una especie de biografía no autorizada de el entonces presidente Carlos Menem, personaje a quien venía siguiendo muy de cerca desde las internas peronistas de 1988. Su tercer libro, Herederos del silencio (1997) será sobre otra de las preocupaciones que la acompañarán en toda su carrera: las violaciones de derechos humanos durante la dictadura cívico-militar de 1976.
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A pesar de que estas publicaciones consiguieron una importante repercusión (El Jefe tuvo 19 reediciones), Cerruti dejó todo para mudarse a Londres para completar un doctorado en la University of Westminster, donde se tituló en Master of Arts con una tesis sobre la destrucción de la esfera pública durante la última dictadura.
En 1997 se casó con el periodista Lucas Guagnini (nieto de la madre de desaparecidos y fundadora de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas, Cata Guagnini), con quien tuvo dos hijos en sus diez años de matrimonio.
A su regreso al país, en 1999 fue protagonista de la fundación de la bonaerense Comisión Provincial por la Memoria (de la que se alejó al poco tiempo por una serie de tensiones con la abuela de Plaza de Mayo Estela de Carloto), organismo público autónomo y autárquico “que promueve e implementa políticas públicas de memoria y derechos humanos”, cuyos “objetivos y líneas de trabajo expresan el compromiso con la memoria del terrorismo de Estado y la promoción y defensa de los derechos humanos en democracia”.
Tras su alejamiento de este organismo, en 2006 decide dar el salto a la política, de la mano de Jorge Telerman (entonces vicejefe de Gobierno porteño de Aníbal Ibarra), ingresando primero como coordinadora del Programa Ciudad Abierta dependiente de la Secretaría de Cultura, pasando en 2004 a ser jefa de Gabinete de la Vicejefatura de Gobierno y asumiendo en 2006 como ministra de Derechos Humanos y Sociales en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y luego como legisladora porteña en 2007. A partir de 2009, momento de la conformación de Nuevo Encuentro, pasó a ser jefa de su bloque parlamentario, partido por el que renovará su banca en 2011.
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En 2007 reconoció en una entrevista con la revista Noticias, que sus ambiciones políticas llegaban hasta el Sillón de Rivadavia, llegando a verse presidenta en diez años: “Siempre me gustó la cosa pública, siempre me interesó el poder y siempre me interesó el poder de transformación de la sociedad a través del poder. Durante un tiempo, creí que lo importante era contarlo y por eso lo hice desde el periodismo. Hasta que un día, me di cuenta de que no era leal conmigo misma (…) Porque cuando querés transformar la realidad, no alcanza con contarlo”. Cuando le preguntaron si quería ser presidenta, respondió: “Y bueno, ¿cómo hacés para transformar un país? Es como preguntarle a un cura si quiere ser Papa. Obvio”.
En 2010, después de varios años de inmersión en la vida política porteña, decide volver ese insigth en otro de sus libros más importantes, El pibe. Negocios, intrigas y secretos de Mauricio Macri, el hombre que quiere ser Presidente. Cerruti presenta el libro no sólo como la historia de Macri sino también como la del “Estado paralelo en la Argentina”, un recorrido por la forma en que el Grupo Macri “construyó su poder y fortuna mediante las mayores contrataciones del Estado, cambió las reglas económicas y financieras para licuar sus deudas y obtener más beneficios y, durante cuatro décadas, mantenerse a la vanguardia de las decisiones políticas y económicas que marcaron el rumbo del país”. “Es la historia de la Cosa Nostra argentina: una familia que movió los hilos de la Iglesia, la banca, la Justicia y la Casa de Gobierno con su propio aparato de seguridad, sus métodos de presión y de extorsión”, resume.
En su escalada política, en 2015 Cerruti logró ser precandidata a Jefa de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires por el Frente para la Victoria, pero apenas obtuvo un 2,2% de los votos, dejando la candidatura en manos de Mariano Recalde. Poco después de la asunción de Macri como presidente, lo denunció por “negociaciones incompatibles con la función pública”, cuestionando sus declaraciones juradas y los préstamos irregulares otorgados al “hermano del alma” del presidente, el empresario Nicolás Caputo.
En 2017 logra ingresar como diputada al Congreso Nacional por Unidad Ciudadana. Desde su banca integró la Comisión Bicameral de Comunicación Audiovisual, Tecnologías, Telecomunicaciones y digitalización como presidenta de la misma, y también como vocal las de Asuntos constitucionales, Cultura, Comunicaciones e informática, Familia, niñez y juventudes, Legislación general, Mujeres y diversidad, Peticiones, poderes y reglamento y Recursos naturales y conservación del ambiente humano.
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Sus proyectos legislativos más importantes se concentran precisamente en algunas de estas áreas vinculadas con la defensa de los derechos humanos, de los derechos de las mujeres y del medio ambiente. Entre los más destacados se cuentan el de Control y Regulación Estatal del Cannabis, el de Ley de universalización del cuidado, el de Ley contra el edadismo (discriminación contra personas o colectivos por motivos de edad, tema que también se vincula con su más reciente iniciativa, la llamada “Revolución de las viejas”), de Educación ambiental y de Declaración de emergencia climática. Como legisladora apoyó activamente también el proyecto de legalización de la Interrupción voluntaria del embarazo y el impuesto a las grandes fortunas.
Ya en junio de este año, cuando se estaban cerrando las listas hacia las PASO de septiembre, Cerruti había anticipado sus intenciones de no buscar una renovación de banca para el mandato de diputada que se le cumple el próximo diciembre. Así que aparecía como la candidata ideal para un puesto ministerial, sobre todo partiendo de la desigualdad de género que implicó la reciente renovación de integrantes del Gabinete derivada de la crisis de Gobierno que sucedió a las primarias.
Con la designación como vocera presidencial Cerruti se acerca un poco a su sueño de Sillón de Rivadavia, aunque sabe que no va a tener una luna de miel muy extensa para probar su valía en un momento de profunda crisis de la alianza de Gobierno, en plena campaña electoral y con numerosos detractores entre las propias filas oficialistas que cuestionan desde su perfil progresista/feminista (que acentúa precisamente el compromiso oficial con una de las áreas que algunos sectores más “duros” del peronismo cuestionaron como mensajes destinados exclusivamente a la clase media) hasta la invención de un nuevo cargo con responsabilidades todavía absolutamente difusas, que podrían entrar en conflictos con otros sectores del Gobierno vinculados a la comunicación política.