Por Ruben Pereyra
El mismo día que un diputado de la Nación fue baleado en pleno barrio de Congreso, a pocas cuadras del Parlamento, y la Argentina amenazaba con convertirse nuevamente en un polvorín de operaciones y acusaciones, la lluvia (de esas que mojan pero no joden, que son más bien reparadoras o fáciles de soportar) trajo el fresco que culminó, en la primera hora de la noche, con la presentación del libro Sinceramente, de Cristina Fernández, en la Feria del Libro.
El primer párrafo de este análisis quiere ser ilustrativo de lo que hoy representa la figura de la ex presidenta de la Nación, más allá de gustos y preferencias políticas personales. Es que la dirigente opositora más importante ayer logró dar vuelta la taba, logró sacarse el traje de “conflictiva”, “bruja” o “yegua” y tantos apelativos de mal gusto, y se puso el traje que le cabe: el de la dirigente política más importante e influyente del país, y quizás la mujer más determinante de la historia política argentina (excepción hecha, claro está, de Eva Duarte de Perón).
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Cristina, como lo hacía Juan Domingo Perón, se adapta a las audiencias a las que se dirige. Ayer, si bien la Feria del Libro y las calles de Palermo fueron copadas por la militancia, era un ámbito diferente de los escenarios políticos callejeros, el balcón de la Rosada o el recinto del Senado. Y, en ese ámbito, ella también se movió como pez en el agua, rodeándose de invitados acordes con el escenario y el objetivo que los juntaba.
Cristina “presentó” el libro y se “representó” a sí misma. Es decir, como dirigente que es, terminó de adaptarse al papel histórico que tiene asignado, a ese destino del que no podrá escapar aunque quisiera. Podrá ser candidata o no (hoy, sólo ella lo sabe), pero más allá de eso quien sea el próximo presidente deberá tener en cuenta que esa mujer, hoy, representa el sentimiento de millones de argentinos. Los entiende, les habla, y ellos le entienden, y le hablan.
En la etapa democrática que se abrió el 10 de diciembre de 1983, sólo Alfonsín, de a ratos y no por muchos años, supo interpretar el sentir de una gran mayoría de argentinos. Y, aunque a muchos no les guste, ni siquiera Néstor Kirchner, en vida, alcanzó la estatura política que hoy tiene la líder de Unidad Ciudadana.
Nada de la política hoy puede ser ajeno a Cristina Fernández. Y ella lo sabe. Le guste o no, se calza el traje. Y lo actúa. Quien piense que es una pose que ella prefiere estar más tiempo acompañada por su hija y por sus nietos, no entiende lo que es la vida. El poder no lo da todo. Y ella lo aprendió al quedarse viuda muy joven. Aun para los políticos, la vida tiene otras cosas además del poder.
Sólo que, a veces, el poder es inevitable. Como es inevitable para ella, hoy, ser un símbolo del futuro. No de una vuelta al pasado, sino del futuro. Y Cristina lo dijo muy clarito: “Hoy los jóvenes son mi gran apuesta”. En los tiempos difíciles que vivimos, más lucidez no se le puede pedir.