6A: un primer análisis

Por Rubén Pereyra

“La CGT vino conteniendo esta situación pero o te ponés al frente o te pasan por arriba» (sincericidio de Carlos Acuña, miembro del triunvirato de la conducción de la CGT)

Las palabras del dirigente cegetista dan en el clavo con la real situación actual. Ni locos revanchistas del kirchnerismo ni militantes de izquierda desesperados por el “cuanto peor, mejor”. No. Quien entró en escena fue el movimiento obrero en su conjunto, logrando uno de los paros más contundentes de que se tenga memoria. Se lo puede comparar, tal vez, con aquellos primeros paros de la CGT de Ubaldini contra Raúl Alfonsín o alguno contra el ex presidente Carlos Menem, en los 90. Fue mucho más contundente que los realizados por Hugo Moyano contra la entonces presidenta Cristina Fernández.

Si bien los resultados no se verán de inmediato, toda medida de fuerza deja ganadores y perdedores. El Gobierno es el primer perjudicado, obviamente, si bien logró una victoria pírrica en la semana, cuando tuvo oportunidad de usufructuar por algunos días el resultado de la marcha oficialista del sábado 1 de abril.

En este punto, vale detenerse para considerar que ni la calle ni la militancia son el fuerte de Cambiemos para contraponer al amplio movimiento opositor. Si bien el 1 de abril concurrió más gente que la esperada, sin organización ni conducción, es un movimiento destinado a nacer y morir en las redes sociales. Lo mismo pasa con sus activistas en las redes y su famoso hashtag Yo no paro. No es el terreno del gobierno, nunca lo será. Por eso, inteligentemente, apunta a bajarle el precio al paro y las movilizaciones. De paso, estrena represión de la mano de Patricia Bullrich y Eugenio Burzaco, dos funcionarios prestos a cualquier acción aunque no lleven uniforme. Burzaco, valga decirlo, tiene como antecedente haber sido el secretario de Seguridad de Jorge Sobisch, en Neuquén, cuando la policía provincial asesinó al maestro Carlos Fuentealba.

Las palabras de Acuña que encabezan esta nota ilustran todo lo que se puede decir de la CGT. Inmersa en una crisis interna, entre quienes pretenden profundizar el enfrentamiento y quienes quieren atenuarlo, su conducción sale bastante debilitada porque tuvo que hacer un paro a regañadientes, apretada como estuvo aquella movilización del 7 de marzo. Un mes tardó para garantizar la medida. A su favor hay que decir que logró amplia adhesión de los trabajadores, además de incluir a los poderosos gremios del transporte que, se sabe, son los que garantizan el éxito de la huelga.

Ni el kirchnerismo ni las huestes del Frente Renovador se ven afectados ni favorecidos por la contundencia de la medida, salvo aquellos dirigentes que juegan algún rol de conducción. En la CGT, Omar Plaini y Pablo Moyano (enrolados entre los duros) revalidan su liderazgo y fueron quienes, casualmente o no, ofrecieron la conferencia de prensa temprana para evaluar la medida. Otros dirigentes, como el bancario Palazzo o los docentes Romero y Baradel, reciben también su espaldarazo. La CTA de Yasky y Micheli también sale fortalecida.

Los “candidatos” en las sombras: Cristina, Scioli, Randazzo, Massa, etc., jugaron sus fichas pero en esta tienen poco que hacer. Los jugadores estuvieron en las fábricas, las oficinas, los bancos y la calle en general.

Párrafo aparte para la izquierda, que se mostró una vez más como alternativa para los sectores más intransigentes del movimiento obrero. Fue y puso el cuerpo en los piquetes, con sus dirigentes a la cabeza. La CGT no los apoyó y, por el contrario, fueron criticados en la conferencia de prensa. Está claro que este sector político hace su juego y pretende quedarse con los sectores más descontentos de la oposición, que buscan ya torcerle el brazo al Gobierno.

Un paro en un año electoral es una mala noticia para cualquier oficialismo. La maquinaria mediática y electoral se pondrá en marcha. Pero un movimiento obrero movilizado y organizado no es fácil de parar. Como dijo Moyano, el gobierno debe tomar nota.

 

 

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