Alberto Fernández, la relación con el sindicalismo peronista y un poco de historia

Por Rubén Pereyra

El hombre se estiró, puso los brazos en la nuca, apoyó la espalda en el asiento y tiró: “Alberto va a hacer lo que hizo Néstor: va a gobernar apoyado en el poder de los gobernadores y de la CGT”. Esta frase, disparada cuando todavía Alberto no había ganado la primera vuelta electoral, se reveló como cierta luego de que hoy 8 de noviembre, en su primera visita a la Confederación General del Trabajo, como presidente electo, Alberto Fernández dijo que “el movimiento obrero organizado es parte del Gobierno que se va a instalar en Argentina desde el 10 de diciembre”.

Veremos dijo Lemos. Pero mientras tanto podemos repasar un poco la historia no tan reciente para indagar de qué forma se fueron dando las relaciones entre los distintos gobiernos peronistas y los sindicatos nucleados en la CGT.

Tras la salida de la dictadura, lo único organizado en el peronismo parecían ser los sindicatos, que siguieron funcionando a pesar de estar intervenidos y muchos de sus dirigentes encarcelados y otros, los más combativos, desaparecidos o muertos.

A la hora de reorganizar el partido, el sindicalismo aparecía como el más pronto y organizado para ponerse a la cabeza. Así es que gana la pulseada e impone su perfil a la campaña electoral y, por supuesto, impone los principales candidatos. Así, el moderado Italo Lúder fue candidato a presidente y Herminio Iglesias, bien ligado al aparato sindical, candidato a gobernador de Buenos Aires.

La derrota a manos del radicalismo, primeras elecciones libres que perdía el justicialismo en su corta historia, aceleró una crisis y el recambio en la cúpula partidaria. Fue ganando terreno la renovación encabezada, entre otros, por Antonio Cafiero y el sindicalismo debió retirarse de la escena. Para colmo, en los sindicatos se vivía también una renovación antiburocrática, que llevó a que algunos sindicatos pasaran a manos del peronismo combativo o de la izquierda.

Cuando asumió Carlos Menem, en 1989 –de la mano del salariazo y la revolución productiva–, parecía que los sindicatos volvían al poder del peronismo; pero no fue así, pues el riojano dio vuelta la tortilla y en lugar de hacer un tipo de gobierno distributivo y populista, apeló a la receta neoliberal para salir de la crisis y la hiperinflación. Entonces, los que llegaron al poder no fueron los sindicalistas sino los empresarios, de la mano de Bunge y Born.

Más allá de las traiciones de esos años, que fueron muchas, otro sector del sindicalismo encabezó la ruptura con ese gobierno y lo enfrentó, como hicieron el MTA de Hugo Moyano y la CTA de Víctor de Gennaro primero y Hugo Yasky y Pablo Micheli después.

La llamada desindicalización del peronismo no es creación de este columnista sino que fue extraída de un trabajo del investigador del Conicet y decano de la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad de San Martín, Ricardo Gutiérrez. El artículo fue publicado en el año 2003 en la revista Politica y gestión de Rosario. Allí, Gutierrez menciona la desindicalización como una de las patas que llevaron a la reorganización del peronismo entre 1983 y 1995.

La “columna vertebral del movimiento” dejó de estar entonces en el candelero del poder, hasta que llegó Nestor Kirchner y, como mencionó nuestra fuente, en aras de la gobernabilidad empoderó (palabra de tan moda) a sindicalistas como Hugo Moyano, vital aliado kirchnerista hasta que rompió con Cristina Fernandez en la presidencia allá por 2011, después de la muerte de Nestor Kirchner.

Ahora, Alberto Fernández anunció que el movimiento obrero organizado, llámese CGT, volverá a ser gobierno. En todo caso, será importante para la gobernabilidad, pero habrá que recordar que lejos está la CGT de representar a todo el movimiento obrero, y menos si no concreta la unidad con las CTA.

La idea de convertir a la CGT en un centro de capacitación para las futuras generaciones de obreros es una gran idea si detrás de Alberto Fernández no se encontrara un grupo de gerontes ya caducos, muchos de ellos atados a las sillas de sus sindicatos, con mucho poder y dinero. Tanto poder y dinero que el Presidente electo aún los necesita para gobernar.

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