Alberto y el cuadrado maldito de la política internacional

Europa, China, Estados Unidos y Rusia forman parte de un entramado de intereses complejos, en los que Argentina hace equilibrio, entre competencia y complemento. La gira presidencial por los territorios del renacido «comunismo» y la reacción de Estados Unidos.

Lo primero es señalar lo obvio, pero al mismo tiempo lo más importante: en la diplomacia lo que se defienden o critican son intereses y acciones concretas, no gestos protocolares, que escandalizan a los relatos de poca profundidad y que a veces funcionan como cortinas de humo, que apuntan a la disputa del sentido común, necesario para legitimar los intereses.

Alberto cumplió con su gira a Rusia y China, a la que se sumó Barbados en el final de la misma, con objetivos bien claros, que forman parte de lo que en el gobierno llaman el «multilateralismo», que en rigor es la lógica que atraviesa el comercio y las relaciones internacionales desde hace varias décadas. El proceso se acentuó tras la caída del llamado «socialismo real»: la caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, la desintegración formal de lo que fuera la Unión Soviética en diciembre de 1991, fueron los primeros pasos del efecto cascada que sacudió la mitad de Europa por esos años.

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Hasta ese momento, China estaba lejos y en todos los sentidos. Pero desde 1976, luego de la muerte de Mao Zedong, China trazó un plan de dos características: una interna y otra externa. En primer lugar, la decisión de poner a su población en un nivel de vida superior, con lo cual el consumo interno iba a convertirse en el verdadero motor de la recuperación de la economía mundial.

Luego, la ambición de ser la primera potencia del globo, lo que para muchos especialistas ya está ocurriendo. En China hay un refrán que dice: «en los 20 siglos de cristianismo, durante 3 de ellos la principal potencia fue Inglaterra, luego hubo 2 siglos de supremacía de Estados Unidos. En los 15 siglos anteriores, aunque el mundo occidental no lo supiera, los chinos ocupaban ese lugar. ¿Qué hace pensar que los próximos 20 siglos van a ser diferentes?».

Eso es China, una potencia que tiene, además, la paciencia de los orientales y 5000 años de historia.

En el año 2000, un avión espía sin tripulación de Estados Unidos, invadió el espacio áereo chino y avivó una tensión que existía desde 1999, cuando las fuerzas de la OTAN bombardearon la embajada china en Belgrado, capital de la antigua Yugoslavia. Algunos meses después, en abril de 2001, otro avión espía fue capturado por China, su tripulación de 24 militares norteamericanos fue detenida y el avión desmantelado, en sus equipos de espionaje.

Semanas después la aeronave fue devuelta al gobierno del entonces presidente George W. Bush, quien meses después estaría más ocupado en la guerra sin cuartel contra el «terrorismo global», sobre todo a partir del derribo de las Torres Gemelas el martes 11 de septiembre de 2001.

El atentado de Al Qaeda no solo dejó miles de muertos y una herida en el narcisismo de la seguridad territorial de Estados Unidos. Significó, fundamentalmente, que Washington pusiera la mira en Oriente Medio con resultados muy negativos. Dos décadas después, solo las muertes de Saddam Hussein, el exaliado de Irak en la guerra contra Irán y de Osama Bin Laden, el líder de Al Qaeda y también ariete de Estados Unidos en la lucha contra la Unión Soviética en Afganistán en la década de los ’80, son apenas un puñado de los logros obtenidos.

Como contrapartida, el «descuido» de América Latina y el crecimiento de las relaciones de esta parte del mundo con China y con Rusia. En el caso de Argentina, la relación con China data de 1972, por eso también la invitación a Alberto tenía el carácter de reflejar esa conmemoración. Para despejar las dudas del antiperonismo, fue la dictadura de Alejandro Agustín Lanusse quien formalizó la diplomacia con Pekín/Beijing en ese año. Por esos días, Lanusse decía que a Juan Domingo Perón no «le daba el cuero» para volver al país, luego de casi 18 años de exilio. Pero las cartas del líder justicialista con Mao, demuestran la visión estratégica que se tuvo con China.

Al margen, claro, de la humorada de Alberto con Xi Jinping acerca de que si el líder chino fuera argentino «sería peronista». La certeza es que más allá de las caracterización acerca del esquema político del sistema chino, a nadie escapa la importancia de esa relación. Solo considerando los años que van del siglo 21, la historia marca que Fernando De la Rúa, Néstor Kirchner, Cristina y Mauricio Macri visitaron China. ¿Porqué no habría de hacerlo Alberto?

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Esto decíamos en Informe Político, hace poco más de un mes, al conocerse la agenda del viaje de Alberto.

«China lanzó hace años la Ruta de la Seda, un ambicioso plan de inversiones en todo el mundo y la Argentina tiene con el país asiático un status de socio estratégico, que pone en esta visita otro eslabón en una cadena que en el Gobierno interesa solidificar.

Además de la invitación de Xi Jinping, en el año en el que se conmemora el medio siglo de establecimiento de las relaciones diplomáticas con la República Popular China, Alberto tiene la posibilidad de cruzarse con el presidente de Rusia, Vladimir Putin.

Con ambos mandatarios, hay especial interés en los encuentros personales. Con Xi, Alberto quiere agradecer el apoyo en las reservas del Banco Central y la posibilidad de Argentina de poder contar con las vacunas contra el COVID-19, además de insumos sanitarios, en tiempos en que la pandemia hizo recrudecer las tensiones por el acaparamiento de los países centrales de dosis y equipamientos varios.

Quién definió el momento como la diplomacia de las vacunas, anticipó mucho en esa caracterización.

Con Vladimir Putin el contacto fue muy fluido, de manera virtual y la vacuna Sputnik fue la primera en llegar a nuestro país, cuando Estados Unidos también terció para condicionar un acuerdo que finalmente llegó meses después con Pfizer».

Analizar la realidad compleja y contradictoria, de las relaciones internacionales, implica un esfuerzo que a veces no entra en una pregunta de una conferencia de prensa.

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Hace unas horas, el congresista republicano Matt Gaetz se refirió negativamente al acuerdo alcanzado con China para que la Argentina se incorpore a la Ruta de la Seda y consideró que representa una «amenaza para la seguridad nacional» estadounidense. Criticó a la gestión del presidente Joe Biden por enfocarse en la crisis entre Ucrania y Rusia, que tiene en vilo a Europa del Este y a buena parte de la comunidad internacional, y en no darle importancia al entendimiento entre la Casa Rosada y Beijing que se generó durante el encuentro de Alberto Fernández y Xi Jinping.

Esos mismos argumentos, era usados mientras Estados Unidos estaba ocupado en Afganistán buscando talibanes, que hace unos meses volvieron al poder y le propinaron otra derrota militar a Washington. El fantasma de Vietnam no se despeja ni con 50 películas de Hollywood.

Eran los comienzo del «populismo» en América Latina y los nombres de Hugo Chávez, Lula, Néstor Kirchner, Tabaré Vázquez, eran parte de un proceso inédito de búsqueda de soberanía regional, que le pusieron un freno a la iniciativa del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), que chocó contra una muralla en noviembre de 2005 en Mar del Plata. Esa cumbre, con George Bush yéndose enojado de la costa argentina, fue mirada de cerca desde China. Ya mencionamos la paciencia oriental.

En tanto, la «vieja» Europa no logra encontrarle la punta al ovillo. Atravesada por disputas que la exceden, tironeada, por ejemplo, en el último capítulo de la remake de la Guerra Fría como es la situación en Ucrania.

El 40% del gas que se consume en Europa viene de Rusia y el gasoducto atraviesa el Mar Negro y territorio ucraniano. Por otra parte, desde el incremento de la extracción de gas a través de la explotación no convencional en Estados Unidos, Washington quiere ocupar ese lugar.

¿Qué hará la Unión Europea? Como muestra de lo delicado del momento, luego del encuentro con Alberto, Vladimir Putin recibió al presidente de Francia Emmanuel Macron. Nadie supone que Macron propondrá sacar el blanco y el azul de la bandera de Francia.

De nuevo, no son los gestos: son los intereses.

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En algunas semanas, Argentina deberá rubricar el principio de acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. La gira de Alberto también estuvo atravesada por esto. Tanto Rusia como China son miembros del FMI y parte de las cuestiones financieras y económicas están atadas al arreglo con el Fondo.

Pero la política es creación y por ejemplo, en el caso de China, existe el mecanismo de los swap que, como anunció la vocera presidencial Gabriela Cerruti, se ampliará en unos 3 mil millones de dólares. Los swap, un intercambio de divisas entre países, se pusieron en práctica en 2009 y tuvieron ampliaciones en 2104, 2017, 2018 y 2020. Con ese panorama, las reservas argentina ganan en volumen, en momentos de extrema fragilidad.

En 1945 cuando se creó el Fondo Monetario Internacional, como un instrumento de estabilización de las economías en crisis, Argentina no formó parte de ese organismo y a China le faltaban unos 4 años para su Revolución. Sería recién en 1956, luego del derrocamiento de Perón en 1955, que nuestro país se incorporó al organismo.

Hoy, en pleno siglo 21, el multilateralismo es una realidad y tal vez no sea posible pensar en un plazo de varias décadas como hacen los chinos. Pero es necesario hacerle un desafío al estado de emergencia permanente en el que se vive en Argentina. Al fin y al cabo, el camino de lo posible, está plagado de imposibles.

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