Al Presidente lo acecha el mismo fantasma que al exmandatario en su gobierno finalizado en 2019. Con objetivos diferentes en lo global, comparten una presión similar, inclusive de sus propios sectores. El factor Cristina y los signos de época.
Todo aquello que no avanza termina retrocediendo y en la historia no existe la foto estática ni la función de rebobinado. Por eso, la consigna de «vamos a volver» cantada por el kirchnerismo, desde la desde la misma asunción de Mauricio Macri en diciembre 2015, carece de sentido si no se la agrega una pregunta central: ¿volver para qué?
En el tramo final de su mandato, Cristina intentó la sintonía fina de su gestión. La empujaban los problemas estructurales de una economía con signos de agotamiento, la devaluación de 2014 y el cisma creado en el entonces Frente para la Victoria (FpV), con el nacimiento del Frente Renovador en 2013 y la victoria de Sergio Massa en las legislativas de ese año.
Pero la inercia de su gobierno, sin reelección a la vista, no le permitió ir a fondo con un ciclo de transformación, con características de amplia distribución del ingreso, con crecimiento inclusivo, desendeudamiento y ampliación de derechos. La marca de origen del kirchnerismo inicial necesitaba de una profundización que no llegó.
La correlación de fuerzas no le alcanzaba al FpV y 2015 lo encontró con 7 precandidatos presidenciales, pero sin internas fue Daniel Scioli el mariscal de la derrota, pese al empeño y optimismo del entonces gobernador bonaerense y su épica de ballotage.
Lo que no se profundizó, terminó retrocediendo.
Amarillos a la Rosada
La subestimación a la figura de Mauricio Macri por parte de sector de la sociedad, el acostumbramiento a un cierto piso de derechos que parecía inamovible y una oleada pendular de giro a la derecha en la región, pusieron al expresidente de Boca Juniors al mando de la Argentina. Casi un sueño dorado de los dueños de la Argentina, que podían prescindir de los gerentes y poner a uno propio, y por los votos, a disputar ingreso y riqueza, en una distribución negativa que pusiera fin a la «fiesta del populismo».
Si en algo fue capaz Macri en política, fue en el arte de practicar la paciencia. Dejó pasar la tentación de competir en 2003, cuando todavía pesaba el que se vayan todos de 2001. Armó su partido vecinal, probó ser diputado, aburriéndose en el Congreso Nacional por un par de años y cuando todo indicaba que se lanzaba por el premio mayor, dejó pasar los turnos presidenciales de 2007 y 2011.
En el medio, se probó como gestor en la Ciudad de Buenos Aires, en el cierre perfecto de una vida empresarial surgida al calor de los negocios de la familia con el Estado. Ahora, en su etapa post-productiva, el tema pasaba por los negocios financieros. Sus gerentes del Grupo Socma eran funcionarios de Gobierno y a la herencia del Colegio Cardenal Newman solo le esperaba la gloria del premio final.
Pero en la Casa Rosada el desafío no es administrar el mayor presupuesto de la Argentina, como ocurre en la Ciudad de Buenos Aires. Un presidente llega con un caudal de votos y puede ampliar sus apoyos con consensos temporales. Lo que, definitivamente, no puede hacer es escapar al conflicto que significa gestionar el gobierno de un país pluriclasista, con sectores en pugna (aún al interior de las diferentes clases), y con un mundo en reconfiguración permanente.
El desafío de explicar los males de la Argentina con «los 70 años de peronismo» puede ser efectivo para la estrategia de marketing político-comunicacional. Pero encarar esa batalla y no llevarla a fondo, puede significar un boomerang que se vuelve el contra. Dicho en el lenguaje de la calle, una vez que te paraste de manos, tenés que estar dispuesto a pelear.
De nuevo, esa falta de profundización de un sentido de la disputa, cuestionada hasta por expresiones que surgieron a la derecha del macrismo hablando de la tibieza de Juntos por el Cambio, generó la unidad de la casi totalidad del peronismo y fuerzas aliadas, que jugada de Cristina mediante, pusieron a Alberto en la Presidencia en 2019. A Macri se le facturo, también, no haber sido capaza de implementar un ajuste mayor y más rápido. Por eso el expresidente quiere volver, por su segundo tiempo y por la revancha de su clase.
Pandemia y crisis
El capítulo reciente es también el de las tensiones pero con el dato, menos transitado en la historia argentina, que se desarrollan en el seno de una alianza electoral que comparte gobierno, aunque no necesariamente visiones de coyuntura o de estrategia. Y con la originalidad, inédita en el mundo, de una líder de un espacio como Cristina que posee la mayor cantidad de acciones en la sociedad política, pero no tiene la lapicer ni toda la botonera del Gobierno.
La renuncia de Máximo Kirchner a la jefatura del bloque de Diputados del Frente de Todos, no es simplemente la salida de un cargo. Es la señal más evidente del mensaje de Cristina, pese a que se difundió que la vicepresidenta no había estado de acuerdo con la decisión.
Ese mensaje plantea, lo hicieron también sus discursos previos y la carta entre las PASO y las elecciones generales de 2021: que si no se profundiza un sendero de recuperación de ingresos para los sectores medios y populares, lo que va a terminar pasando es un retroceso en materia política con la deriva inevitable en una derrota electoral en 2023.
Se dijo alguna vez que el límite para los ajustes lo pone la resistencia de los ajustados. Vale para aquellas iniciativas que pretendan tocar intereses de los sectores concentrados y ganadores de las crisis: el límite lo pone el interés sectorial de esos protagonistas.
En ese sentido, la disyuntiva sigue siendo la misma y lo confirman los recorridos y los finales de los anteriores dos gobiernos y lo que va del mandato del actual. Aquel proceso que navega a mitad de las aguas de las orillas, sin encarar de manera decidida el rumbo ni hacia qué puerto arribar, corre el riesgo de perderse en la turbulencia y cascoteado por propios y ajenos.