Por David Kempner *
A partir del resultado electoral del pasado 11 de agosto en las elecciones primarias, se suscitó un debate amplio y según el caso, interesado, respecto a la gobernabilidad, poniendo toda la discusión dentro de una misma bolsa bajo ese rótulo pero sin analizarse el término como tal, ni cada cuestión en particular. En ese sentido, lo primero que hay que decir es que gobernabilidad como acepción lingüística, no tiene una definición específica en el diccionario de la RAE, sino que en todo caso, la define como cualidad de gobernable, o como gobernanza (arte o manera de gobernar). Pero ahí aparece otro entrecruzamiento de opiniones entre especialistas acerca de semejanzas o diferencias entre gobernabilidad, gobernable y gobernanza. Desmenuzar qué dice cada uno nos llevaría a casi la extensión de un libro y nos sacaría del eje central. En líneas generales, se vincula a la gobernabilidad con la eficacia, el buen gobierno, y con la estabilidad. Aunque paradójicamente, el análisis de la gobernabilidad suele establecerse cuando la misma es puesta en duda, por la inestabilidad generada a partir de diversos factores. Entonces, el análisis parte desde el término ingobernabilidad.
Por estos días, en la Argentina se ha hablado de una “crisis de gobernabilidad” y como quedó dicho, según la mirada, se han buscado referencias de origen. El gobierno del presidente Macri “responsabilizó” a la oposición por la alteración que “sufrieron” los mercados y en esa línea, se apuntó a conceptos vertidos por el candidato del Frente de Todos, Alberto Fernández respecto a su futura -supuesta- forma de encarar políticas económicas y particularmente, la renegociación de la deuda externa asumida por el actual partido gobernante. A su vez, fue el propio Fernández quien llevó agua para el molino del Frente de Todos, esgrimiendo que desde hace largo tiempo, el oficialismo “acusó” a ese espacio de representar el modelo venezolano y que, en consecuencia, el resultado electoral había provocado temor en el sistema financiero.
La escalada dialéctica fue tal que la “ansiedad” de la calle fue en aumento, proporcionalmente al grado de tensión que se generó y que motivó que Mauricio Macri llamara a Alberto Fernández para mostrar una señal de concordia que llevara un poco de calma. Si la temperatura social se midiera a valor dólar, podría decirse que por unos días el resultado de tal cumbre telefónica fue el esperado. Pero…
Antes de analizar lo sucedido por estas horas, con nuevos desencuentros originados con la llegada de la misión del FMI, y volviendo a la referencia de la gobernabilidad, una mirada podría llevarnos a dos cuestiones. La primera tiene que ver con el calendario electoral. Es otra de las circunstancias que hoy se ponen bajo la lupa, y otra vez, con carga emotiva según el lado desde donde provengan las críticas. Se ha esbozado un adelantamiento electoral -incluso en este nuevo entredicho por los resultados de las reuniones con autoridades del Fondo Monetario- algo que casi que puede catalogarse como ridículo.
Pues si parece muy lejana la fecha del 27 de octubre, hay que recordar entonces que después todavía queda la asunción del Presidente en un lejano 10 de diciembre. Nadie ha referido a esa fecha, cuando hoy en realidad solo tenemos candidatos electos, ni siquiera el Presidente. ¿Y si fuera Alberto Fernández elegido en primera vuelta qué ocurriría? ¿Pasaríamos a pedir que se anticipe el traspaso de mando? Quedarían 45 días por delante donde el actual mandatario ya no tomaría decisiones y mucho menos quien aún no tendría esa potestad. En todo caso, habría que poner en discusión hacia el futuro la reforma del calendario electoral que no prevé actualmente una situación como la que se ha dado en esta elección, a la luz de las circunstancias de lo que ocurre.
Otra pregunta que podría emerger para el debate es si resulta más influyente el largo período de convivencia entre un presidente con mandato actual y un candidato opositor con el liderazgo que implica haber sacado una diferencia de 15 puntos en las PASO, o el propio dictamen de los ciudadanos, que en un casi 70 por ciento le han manifestado su rechazo en las urnas al actual gobierno? Quizá influyan ambas por igual. Alejandro Nató, abogado, especialista en mediación y presidente del Centro Internacional para el Estudio de la Democracia y la Paz Social, aporta su mirada: “Cuando gobernabilidad y campaña se funden en especulación política, la gobernabilidad pierde su sentido”.
Y ahí, retornamos al análisis central. Después de aquella pipa de la paz que se fumó por teléfono entre Macri y Alberto Fernández, el efecto duró lo mismo que un billete de 100 pesos. El Gobierno, por intermedio de diversos actores, fue redoblando la apuesta con miras a octubre, se habló de un voto bronca en agosto permeable hacia las primarias y se convocó por redes sociales a una demostración de fuerza en las calles. El Presidente se sacó el traje de tal, se cambió en pocos segundos y se volvió a mostrar como candidato nada menos que desde el balcón de la Casa Rosada. ¿Confianza suprema o subestimación del voto popular? Seguramente, aquí también habrá polos opuestos en las opiniones. Lo cierto es que la oposición lo tomó como una mojada de oreja, como el fin de la paz o el consenso propuesto. Por estas horas, las negociaciones con el FMI los ha llevado a confrontar nuevamente. O mejor dicho, los ha puesto de nuevo en modo campaña. ¿La gobernabilidad? Quedará para otro momento…
* PERIODISTA/ CONSULTOR EN COMUNICACIÓN POLÍTICA