Se cumplen 8 años del fallecimiento del fiscal especial de la Causa AMIA. De las certezas a cómo se vuelven a plantar sospechas ante cada aniversario. Un día que transformó la historia argentina, cambio de Gobierno incluido. Los cuerpos que hablan, más allá de los límites de la biología.
El lunes 19 de enero de 2015 Alberto Nisman tenía previsto ir a declarar al Congreso Nacional para dar explicaciones, que serían transmitidas por televisión, sobre su denuncia por traición a la Patria contra la entonces presidenta Cristina Fernández y una serie de funcionarios y dirigentes políticos vinculados al kirchnerismo.
La denuncia de Nisman tenía que ver con el Memorándum de Entendimiento con Irán, aprobado por el Congreso argentino y en la práctica nunca puesto en marcha (faltó la homologación del Parlamento iraní). El acuerdo implicaba un paso en la búsqueda de avanzar en el proceso de investigación en torno al atentado a la AMIA, con la posibilidad de tomarle declaración en países neutrales a funcionarios iraníes, acusados en sede judicial argentina.
A 28 años del atentado a la AMIA desde la dirigencia política se renovó el reclamo de justicia
La voladura de la mutual judía, el lunes 18 de julio de 1994, había dejado 85 muertos, cientos de heridos y una sombra de sospechas, que se extienden hasta estos días.
Luego de algunos años con la investigación a cargo del equipo conformado por el juez federal Juan José Galeano, junto a los fiscales Eamon Mullenn y José Barbaccia, que alentados por las operaciones de Inteligencia, tanto las nacionales como las extranjeras, habían direccionado la pista hacia la Policía Bonaerense, todo había quedado en la nada.
La pista siria nunca fue seguida y la implicancia de Irán en el atentado fue fogoneada desde Israel y Estados Unidos, con más elementos geopolíticos que judiciales. Al fin y al cabo, el expresidente Carlos Menem nunca llegó a explicar porqué horas después del atentado, el propio Mossad, el servicio secreto de Israel, llegó a la Argentina para hacerse cargo del asunto.
De esa historia venía Alberto Nisman, adjunto de los fiscales principales y a salvo de la caída del team Galeano, cuando en 2005 Néstor Kirchner lo nombró al frente de la UFI AMIA. De la mano de un presupuesto millonario y con una única causa, como no tuvo en la historia ninguna fiscalía del país, Nisman se convirtió en un personaje que terminó devorándose a sí mismo.
El rol de Antonio Stiusso, sobreviviente de todas las épocas de la vieja SIDE, de la dictadura en adelante, la relación del fiscal con los servicios extranjeros y el uso de la situación por parte de la entonces oposición, crearon el cuadro perfecto para el final abierto que es la muerte que conmocionó al país.
Un muerto que sigue hablando, una práctica repetida en la historia argentina. La relación de la política y la muerte, en una línea que puede pasar por el secuestro del cadáver de Eva Perón y las manos arrancadas de la bóveda de Juan Domingo Perón. Es probable que algunos cuerpos sigan siendo parte del diálogo público, más allá de los límites de la biología.
Pero en el caso de Nisman, ni el más audaz de los guionistas se hubiera atrevido a tanto: un fiscal especial a cargo de la investigación del mayor atentado terrorista que denuncia por traición a la Patria a la Presidenta de la Nación, aparece muerto tres días después de la presentación y horas antes de su comparencia en el Congreso, donde los ojos del mundo iban a estar posados en él.
“Dime quién se beneficia con el crimen y te diré quién es el asesino”, decía Agatha Christie, la afamada autora de novelas policiales. No se trata exactamente de algo asimilable a esta historia, pero en virtud de los cambios políticos operados en Argentina en ese 2015, la muerte de Nisman tuvo claros beneficiarios, que acaso hayan pasado a cobrar por la ventanilla electoral algunos meses después.
Asesinato, suicidio inducido, voluntad propia son, centralmente las posibles razones que llevaron a que alguien, todo indica que el propio Nisman, fue quien gatilló la pistola Bersa calibre 22.
Aunque en este final hay un elemento que no se puede soslayar, aunque es casi imposible de probar: el honor. Cuando se tiene todo, contactos, dinero, poder y el momento de exposición buscado durante años, lo único que puede hacer que una persona decida acabar con su vida es la certeza de quedar solo y sin red de contención.
Algún llamado no respondido, alguna señal de sentir que la mano fue soltada.
A ocho años de ese domingo 18 de enero en que Nisman fue hallado sin vida en el pequeño espacio de un baño del departamento que alquilaba en Puerto Madero, con un juez federal como Julián Ercolini a cargo de la causa reabierta al calor de las necesidades políticas, lo único cierto es que la bala que acabó con la vida del fiscal salió del arma que le prestó el asesor informático Diego Lagomarsino.
Un extraño caso en el cual un supuesto asesino le dispara a la víctima con un arma conseguida por el difunto, a nombre del que se la prestó y luego sale de un departamento que quedó cerrado por dentro.
Tan cerrado como el misterio y el silencio de los que, todavía, tienen mucho para decir.