La carta en donde Máximo Kirchner presenta su salida de la jefatura del bloque de diputados del Frente de Todos, disparó una serie de interpretaciones a favor y en contra de la decisión. Pero también de silencios incómodos, como el de La Cámpora, la organización que conduce el hijo de Cristina.
La primera pregunta es si la deuda externa es una cuestión política o económica y lo primero que hay decir, es que se trata de una cuestión central para el devenir político de Argentina y de la región. Por eso, no es una cuestión que deba tratarse entre bambalinas, de espaldas a la sociedad. La deuda externa de la Argentina excede largamente la capacidad técnica del equipo del Palacio de Hacienda, que no se cuestiona, ni desde la idoneidad ni desde la honestidad. En definitiva, venimos de una toma de deuda monumental decidida entre gallos y medianoche y con funcionarios que estaban de ambos lados del mostrador del negocio financiero.
En ese sentido, el Congreso de la Nación es el ámbito adecuado y así lo marca la Constitución Nacional y la Ley de Sostenibilidad de la Deuda, sancionada hace un año. Por eso, el foco está puesto en esa esquina de Rivadavia y Entre Ríos, donde senadores y diputados deberán convalidar el anuncio de acuerdo efectuado por Alberto el viernes y explicado luego por el ministro de Economía Martín Guzmán en la conferencia posterior junto al Jefe de Gabinete Juan Manzur.
En ese marco, la renuncia de Máximo Kirchner no es sorpresa, en términos del posicionamiento político en contra de este acuerdo y sus formas. Por otra parte, son muchas las voces que se han manifestado a disgusto con las negociaciones, los resultados de las mismas y que hasta plantean que van a esperar los detalles del memorándum de entendimiento para definir su posición.
La historia corta, que se escribe por ahora en los off del whatsapp, indica que ni Cristina, ni Alberto, ni Sergio Massa, ni sus compañeros de La Cámpora; estaban de acuerdo con la salida de la conducción del bloque de 118 diputados del FdT, primera minoría en la Cámara Baja. El tiempo pone en su lugar los pensamientos profundos, que exceden el vértigo de la política medida en clics.
Sin embargo, el propio Máximo había tenido expresiones contundentes en medio de las negociaciones con el FMI y dejó hace unos meses una pregunta flotando en una sesión de la Cámara de Diputados: «¿Les parece a ustedes que podemos pagar la deuda en diez años?». La pregunta iba dirigida al propio Gobierno, al punto que en ese registro, publicado en el Instagram de La Cámpora el 8 de julio del año pasado, el único que aparece en el compilado de un minuto, además del propio Máximo, es el entonces Jefe de Gabinete Santiago Cafiero.
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Paradójicamente, a Cafiero lo querían como candidato a diputado nacional. De esa forma hubiera dejado la jefatura de Gabinete, algo que de todos modos ocurrió tras la derrota en las PASO de septiembre. ¿Alguien habrá visto en esos días del armado de las listas que Santiago Cafiero podía conducir el bloque de diputados del Frente de Todos? Ese mismo jefe de bloque, Máximo ya no lo es, que será el encargado/a de juntar los votos entre los propios para que acompañen el acuerdo con el Fondo, que por lo bajo muchos denostan.
Está plagado, en la historia del Congreso, de legisladores que votaron leyes en contra de sus conciencias. Alguna vez, en la lejana década del 80 del siglo 20, diputados radicales votaron con dos dedos apretando la nariz las leyes de Punto Final y Obediencia Debida obtenida, sobre todo la segunda, a fuerzas de amenazas golpistas contra el gobierno de Raúl Alfonsín. Habían pasado un puñado de años de la dictadura y estaba en carne viva el horror del Terrorismo de Estado.
La renuncia de Máximo agita ese tópico del inconsciente colectivo que atraviesa la política. ¿Cuál es el límite de la disciplina partidaria, compleja en el caso de una coalición como es el Frente de Todos? ¿Unidad hasta que duela?
El mes de febrero recién comienza y cómo se contó en Informe Político, el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional para reestructurar la deuda de 44.700 millones de dólares otorgada al gobierno de Mauricio Macri, no está en el temario de las sesiones extraordinarias. Aunque sí en la discusión judicial, donde el Gobierno nacional sostiene su denuncia contra la gestión macrista, en una causa que tiene, si ningún tipo de premura claro, la única jueza federal nombrada entre 2015 y 2019, María Eugenia Capuchetti.
Pero Máximo adelantó el calendario y cerró enero con la carta que pone la discusión al rojo vivo, a horas del viaje de Alberto a Rusia y China, y con Estados Unidos con la idea de seguir ordenando el juego de la política en el continente, en el cuál la deuda de Argentina es una prueba de fuego.

