Las secuelas del voto emocional y sin avenida del medio

Por Laura Beheran

En medio del escándalo político que ha generado la desaparición de Santiago Maldonado y todas sus aristas, los candidatos a octubre siguen adelante nadando en el espeso mar de esta grieta, más grieta que nunca a partir de esa desaparición angustiante y polémica que ya cumplió un mes.

¿Qué es lo que se viene entonces? Hoy es más necesario que nunca ser cauteloso. El horno no está para bollos. En este escenario hay muchas rarezas y pocas certezas. Lo cierto es que pese a todo, la búsqueda de estrategias para dar el golpe de gracia debe continuar porque los días pasan y el tiempo apremia. El 22 de octubre es ya.

En medio de marchas y reclamos por la aparición con vida del joven artesano, en medio de amenazas violentas que van y vienen, no se sabe bien qué pueda pasar. No nos podemos olvidar que en las urnas de agosto se desmintieron algunas “verdades” preexistentes como que la gente siempre vota con el bolsillo.

Del último escrutinio se desprende que un porcentaje importante de la sociedad le dio un crédito al gobierno, votó con esperanza: estamos mal pero vamos bien. Pero paralelamente y en igual porcentaje, por lo menos en territorio bonaerense, ocurrió todo lo contrario: la gente apostó al modelo anterior y para eso pensó en Cristina porque estamos mal y vamos peor. O en otro caso: aún estando mal, antes estábamos mejor.

En cualquiera de las posibilidades, los resultados del domingo 13 pueden leerse más como respuestas emocionales que otra cosa. De racional, no hubo nada. ¿Qué pasó con aquellos que ofrecieron una propuesta más atinente a una elección legislativa, con equipos técnicos de respaldo, elaboración de proyectos y propuestas? Cayeron en el más hondo fracaso, con Sergio Massa a la cabeza.

El tigrense, sin que lo pudieran anticipar las encuestadoras, se quedó en las góndolas, en el botón antipánico, y no supo vender una propuesta federal, de unidad, con futuro, un liderazgo, una verdadera opción que pudiera sacarnos de esta encerrona. No tuvo una propuesta emocional, de las que evidentemente elegimos los argentinos: blanco o negro.

 

Muy golpeado, Massa evita fugas y ya a partir de ahora apenas sueña con una candidatura en Buenos Aires, pues sabe que perdió su tren para las presidenciales del 2019. De todos modos disimula y coquetea con los gobernadores pejotistas que se dan el lujo de dar a Cristina por muerta y empiezan a repensar un armado a futuro sin ella.

 

Sorda a esa premisa, Cristina festejó su triunfo, denunció la manipulación del conteo y decidió empezar a mostrarse: bajó a territorio.

Macri hizo un descanso y ahora esquiva las esquirlas del caso Maldonado y sigue del brazo con Maria Eugenia Vidal en un rotetium de reuniones variadas para decirles a todos sus simpatizantes y no tanto que confíen, que él también ganó, que va por más y que salvo, imponderables, se queda 8 años.

Pero Cristina no está muerta, y el peronismo, menos. Sólo está segmentado, atomizado, incrédulo, frente a las estrategias de un adversario que siempre minimizó. Un adversario, hoy en el gobierno, en el que también hay muchos o varios buenos peronistas. Monzó es uno de ellos y está desde el minuto uno tratando de “chupar” desencantados y huérfanos.

Todo es muy dinámico. Todo o mucho está por decidirse en el futuro de los partidos políticos en Argentina. No está todo dicho para el 22 de octubre. Y si bien es un punto de llegada, es mucho más, un punto de partida.

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