Por Rubén Pereyra
Era previsible. Se veía venir la escalada represiva del gobierno sobre las protestas gremiales y opositoras. Ya se dio ese paso y pocos saben qué derivaciones podrá tener. Lo que sí podemos hacer es analizar la historia reciente y concluir que lo que menos traerá la represión es pacificación y orden. Veamos.
En cualquier país serio (como les gusta decir a los partidarios de Cambiemos) una represión como la que vimos el domingo 10 de abril a la noche sobre algunos docentes no traería mayores consecuencias porque, seguramente, esos docentes tendrían sus necesidades básicas satisfechas. Sería un escándalo, habría cuestionamientos al exceso policial y a las decisiones políticas. Luego la vida seguiría su curso.
En América latina, pero en la Argentina en particular, esas escaladas no se aceptan tan mansamente.
El golpe de 1955, que inició tal vez la pelea por instalar en la Argentina gobiernos de corte liberal alejados del populismo, fue seguido de la resistencia peronista que derivó en el Cordobazo y la caída de Onganía.
La única represión triunfante casi por completo fue la de la dictadura, que instaló un régimen de terror, a fuerza de secuestros, asesinatos y torturas. Y aun así, esa derrota del campo popular no fue tan amplia como en otros países de la región. A tal punto que se pudo juzgar a las juntas militares apenas caído el régimen.
Más cercanos en el tiempo, y mucho más latentes, están los hechos del 2001. El gobierno de Fernando de la Rúa se había iniciado con dos muertos en Corrientes, por represión de una protesta. A las impopulares medidas económicas de los sucesivos ministros de Economía, más los hechos de corrupción, le siguieron protestas cada vez más radicalizadas. Cuando el estallido del 19 de diciembre a la noche, y el consecuente dictado del estado de sitio, le siguieron batallas callejeras que derivaron en 35 muertos y la renuncia de todo el Gobierno.
Es decir, es fácil justificar la represión a partir del derecho de circulación e invasión del espacio público. Es fácil ante quienes avalan estas políticas aun a costa de presos y heridos, y aun muertos. Lo que no es fácil es determinar adonde puede derivar esa escalada.
Los trabajadores argentinos tienen derechos que no pudieron ser escamoteados ni aun durante la dictadura militar. Independientemente de la valoración que se haga del gobierno kirchnerista, se adquirieron otros que beneficiaron también a otro sector importante de la población.
Nadie resigna derechos sin rebelarse. Si, en lugar de dialogar y tratar de encontrar una salida –que seguramente no conformará a la ajustada política económica del gobierno–, la única política es la represión, las consecuencias para la sociedad las podremos llegar a lamentar. Y mucho. Cambiemos.