Una vez más, la Argentina enfrenta un fin de año caliente. Parece ser que ésta es la fecha en que los ánimos se recalientan y no sólo se realizan balances personales sino también sociales.
Se cumplieron dos años de gobierno de la alianza Cambiemos y, de verdad, objetivamente, el país no está mejor. No hay indicadores de los importantes (inflación, crecimiento, desocupación) que reflejen una mejoría respecto de, incluso, los peores años del kirchnerismo.
Más allá de las estadísticas, lo que se palpa día a día, en la calle, es el humor social. Por supuesto, en tanto visiones subjetivas, pueden variar de provincia en provincia, de ciudad en ciudad y aun de barrio en barrio.
Lo concreto es que, salvo los empresarios, los agroexportadores y los especuladores de la City, (o sea, el mundo financiero), nadie está mejor que hace dos años. La desocupación ha aumentado, el crecimiento es bajo, la inflación no cesa, el salario se deteriora, las jubilaciones también y el consumo ha caído enormemente. Hasta en las autopistas y en las grandes avenidas se pueden ver menos vehículos en las horas pico, producto de un importante aumento de los combustibles.
Las imágenes sobre el debate tumultuoso en el Congreso sobre la reforma previsional es apenas un botón de muestra de lo que se viene: bronca acumulada, decepción, movilizaciones, marchas y dirigentes que deberán reacomodarse conforme avance la oposición a las reformas que necesita implementar el Gobierno que encabeza Mauricio Macri.
Los dirigentes de la Corriente Federal de Trabajadores son quienes hoy parecen moverse con soltura entre sus bases, la CTA parece más una cáscara vacía pero sus dirigentes mantienen un discurso combativo y opositor al gobierno, en tanto, una vez más, los dirigentes de la CGT son quienes mantienen diálogo fluido con el Poder Ejecutivo.
Los trabajadores poco pueden esperar de ellos, y seguramente en algunos sindicatos comenzarán a aflorar alternativas independientes a las conducciones que los dirigen desde hace años y que son buenas para acumular poder de negociación y dinero pero hacen agua a la hora de calzarse el rol de dirigentes y encabezar una lucha. Si lo hacen, lo realizan desde una movilización de “aparato”, controlada por ellos y con escaso margen para la iniciativa independiente.
Es de esperar que estos dirigentes pronto se desprestigien más aun, y vayan ganando terreno aquellos que hoy tienen un discurso más radical. El problema que enfrentarán éstos es que el gobierno los perseguirá y tratará de extorsionarlos. Lo mismo que hará con los diputados y senadores que molesten y hagan ruido mediático.
De todo esto, lo más probable es que alumbre una nueva dirigencia política y sindical. Ya lo estamos viendo en cuentagotas. Eso sí. La lapicera y el poder de negociación seguirán estando con los viejos dirigentes. Pero ellos, se sabe, en la calle tienen poco para decir.
Y, por lo que se ve, la disputa social volverá al terreno que pocos dominan: las marchas y movilizaciones. Allí se probarán nuevos conductores, lo mismo que en el Congreso, donde algunas caras nuevas deberán demostrar que están a la altura del desafío que enfrentan.
Lo viejo hoy no es sólo macrismo, que es un menemismo maquillado y modernizado. Ciertos actores del peronismo y aun del kirchnerismo están quedando vetustos. Durante 12 años no tuvieron mucho a lo que oponerse, y quienes se oponían en esos años lo hacían desde corporaciones muy poderosas, como las patronales rurales.
Los trabajadores, los pobres, los excluidos, volverán a salir a hacer oír su voz, que es lo único que les quedará ante el ajuste. Es cierto que el gobierno, antes de las elecciones, fue muy inteligente y apagó con dinero aquellos bolsones donde el humor social se tornaba peligroso. Pero eso se terminará. El país de Cambiemos no los incluye a ellos.
Así que, dadas las cosas de esta manera, enfrentaremos meses difíciles. Veremos declaraciones y volteretas de todo tipo, especialmente dentro de los dos partidos históricos de la Argentina: el peronismo y el radicalismo.
El Gobierno será implacable, como lo ha sido hasta ahora. Se lo puede acusar de muchas cosas, menos de que no tiene claro hacia dónde lleva el país. Obvio que el Poder Ejecutivo no quiere incendio social, pero apaga el fuego con nafta. Está ideológicamente impedido de hacer otra cosa.