Si algo caracterizó este 2021 en la realidad argentina fue el avanzar en un núcleo de un puñado de coincidiencias, que tienen más que ver con un instinto de supervivencia política, que con perspectivas de proyectos a mediano plazo. El vamos viendo como recurso temporal y la lógica del provisorio para siempre. Análisis y proyecciones del segundo año atravesados por la pandemia y la economía.
Hace poco más de un año Alvaro García Linera, el exvicepresidente de Bolivia derrocado junto con Evo en noviembre de 2019, decía «estamos viviendo un empate catastrófico entre proyectos progresistas y neoliberales», un concepto que viene trabajando hace tiempo y que da la pauta del estado de situación en la mayoría de América Latina.
La textualidad de la cita es tan potente y descriptiva que se podría hacer hasta un listado de los vaivenes pendulares en términos electorales por varios países de la región, para graficar la definición. Basta ver cómo Chile, recientemente, pasa de Sebastián Piñera a Gabriel Boric y Argentina pasó en 2015 de Cristina a Mauricio Macri, para volver 4 años después a Alberto y Cristina.
Pero es necesario complejizar el concepto de García Linera y, ya en clave nacional, advertir que ese empate se da también al interior de esos espacios que él define como progresistas y neoliberales, y que en nuestro país se pueden rotular con los nombres de las dos principales coaliciones: Frente de Todos y Juntos por el Cambio.
El balance de este 2021 está, claramente, atravesado por esa lógica y se vio en el armado previo de las listas que compitieron en las PASO y luego en las generales. La tensión en el Frente de Todos y la ausencia, en términos generales, de internas no fue una cuestión de nombres solamente. En esa lapicera tironeada, estaba puesta la tensión del armado electoral, la conformación del gabinete nacional y la vuelta previa hacia la carrera de 2023.
Si el lema del instante previo a la conformación del Frente de Todos, a comienzos de 2019, era «sin Cristina no se puede y con Cristina sola no alcanza», esa frase sigue vigente y demuestra la complementación forzada de sectores que conformaron una coalición electoral y, de alguna manera, aún están tratando de armar una coalición de gobierno. Lo sabían Alberto, Cristina y Sergio Massa. En los tres continúa la conclusión sigue teniendo vigencia.
La tensión no es novedad en la historia argentina y las experiencias de coalición son complejas de por sí, pero las dificultades se agravan cuando se deben conjugar con la política real que muestra un país presidencialista con la principal líder de las últimas dos décadas como… vicepresidenta.
Lo que en otras circunstancias hubiese sido un lujo, poder contar con una estadista como Cristina jugando de número 2 (no hay prácticamente parangón a nivel mundial de algo así), en la Argentina se convirtió en un contrafáctico, porque a poco de andar se desató la pandemia que es insoslayable para pensar los últimos dos años y, también, los próximos.
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El 2021 es el año de las vacunas contra el COVID, de la recuperación económica (comparado con el parate de 2020 y hasta con la debacle de 2018/19, cualquier índice iba a dar mejor), de las elecciones empardadas, porque finalmente el Congreso Nacional mantiene prácticamente los números que tenía.
Es también el año que termina con el pendiente más grande que pueda tener Argentina, entre otras cuestiones estructurales, como la pobreza consolidada en un piso altísimo, una economía extranjerizada y con fuerte informalidad, las debilidades estratégicas en términos de la gestión de sus recursos.
Ese pendiente es el Fondo Monetario Internacional. No hay escenario que pueda proyectarse sin tener claro que con acuerdo o sin acuerdo, el daño no es una cuestión de futuro: ya está hecho.
La toma de deuda con el organismo efectuada por el gobierno de Mauricio Macri entre 2018 y 2019, con la astronómica e impagable cifra de casi 45 millones efectivamente recibidos, son el ancla más potente para un proyecto de país con soberanía y el principal factor del dilema nacional: ¿qué hacer con el Fondo?
Queda claro que Alberto hace equilibrio también en este tema y la negociación de la deuda, con la promesa de investigarla a fondo que no llega a concretarse, es el principal tema. De ese acuerdo, que promete un verano tenso, depende no solo el futuro de la coalición del Frente de Todos, sino centralmente las condiciones generales del país por la próxima década.
Aunque la emergencia del cotidiano trajín, los problemas del mediano plazo deben pensarse y encararse en el presente. Si no, la emergencia es la regla y no la excepción.
Juntos, por espanto antes que por amor
De lado de la principal coalición opositora, el lema de Cristina también puede ayudar. Por ahora es ciencia ficción, pero para 2023 en el PRO, en la Unión Cívica Radical, en la Coalición Cívica, en el Peronismo Republicano, en el GEN, en los aliados menores, la pregunta es si «con Mauricio alcanza o sin Mauricio no se puede».
La marca Macri es, a esta altura, la mancha venenosa de la interna de Juntos por el Cambio. No se trata de una comparación mecánica entre liderazgos, porque independientemente de las lecturas subjetivas y opiniones, las figuras de Macri y Cristina son bien diferentes.
El espejo es una formalidad del análisis y demuestra eso de los pesos internos y las tensiones que generan los «empates catastróficos» de los que habla García Linera. Nadie en Juntos imagina a Macri jubilado (¿alguien se retira del primer nivel de la política?), pero muchos, dato aproximado con altas chances de ser incierto, quieren que Mauricio se corra y los deje dirimir la interna para 2023, sin el lastre de tener que explicar lo obvio: que son lo que son y que vienen de dónde vienen. Salvo que Horacio Rodríguez Larreta, por ejemplo, pueda convencer a la sociedad que no fue 8 años jefe de Gabinete con Macri y que no tomó su posta en la Ciudad por otros dos períodos. Horacio, en política y por ahora, también es Macri.
El radicalismo también juega su propio partido en esta historia. Aún cargan con el dolor histórico de 2001, con la bronca de haber sido parte de una coalición electoral, pero no haber integrado una coalición de gobierno entre 2015 y 2019. Este último elemento puede ser la carta en la manga para una propuesta autónoma, pero el laberinto, de nuevo, se llama Mauricio Macri.
En el Comité Nacional de la UCR el dilema es, a casi siete años de la Convención de Gualeguaychú, también saber si se puede sin Macri. Salvo que apelen a poner en práctica el viejo lema de Raúl Alfonsín acerca de la derechización de la sociedad y el rol de la UCR: «si la sociedad se hubiera derechizado, lo que tiene que hacer la Unión Cívica Radical en todo caso es prepararse para perder elecciones, pero nunca para hacerse conservadora». La frase es de 1992 y tiene la vigencia de las verdades más profundas.
Habrá que ver si el video está en la playlist de Martín Lousteau y Gerardo Morales, socios en la conducción de la UCR, que sueñan a su modo con la Casa Rosada.