La crisis económica impactó de lleno en los comedores escolares de la ciudad y provincia de Buenos Aires, que cada vez tienen más personas y no da abasto, tal como señalan las organizaciones sociales.
Los casos que se registran día a día son paradigmáticos: desde personas que a las 16 horas asisten a un comedor para no perder la cena, por miedo a quedarse sin nada, hasta familias enteras que hacen fila para encontrar un almuerzo.
La situación es reflejada por las mediciones del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia de la Universidad Católica Argentina. En un informe, se consigna que desde 2014 las personas que asisten a un comedor se incrementaron. Incluso en 2017 el 32% de los chicos recibieron alimentación en un establecimiento escolar o en lugares dispuestos por organizaciones barriales, lo que significa 4 puntos más que en 2016.
La cifra se eleva si se consideran a los chicos de barrios marginales: en ese caso, en 2017, el 44% de los niños almorzó, merendó o cenó fuera de su casa. «La situación es caótica porque además de menores se sumaron, en el último tiempo personas adultas y mayores, que al tener una jubilación mínima no les alcanza», indica Ester Lafont, presidenta de la Asociación Civil Proyect Arg, que colabora con establecimientos que dan comida.
Por si fuera poco, en los hogares más vulnerables bajo la cantidad de comidas, que producto de la inflación cada vez son más caras, algo que deja en claro Ianina Tuñón, responsable de Barómetro de la UCA. Asimismo, asegura que esa situación la sufren casi la mitad de los chicos de contextos socioeconómicos bajos.
También señaló que «se incrementó la oferta sobre todo en la provincia de Buenos Aires». Desde Unicef instan al Gobierno a realizar políticas públicas necesarias para que «los niños y niñas cuenten con recursos alimentarios correspondientes en el marco de sus hogares».