Fernández-Fernández: las consecuencias de una decisión

Por Rubén Pereyra

En la última nota escrita para Informe Político, hablaba de la inevitabilidad del poder, de las circunstancias que acompañaban a Cristina más allá de sus propios deseos. Fue después de la presentación de su libro y pocos días antes de que anunciara su decisión de ser candidata a vicepresidenta de la Nación. La nota no arriesgaba una hipótesis, por supuesto, pero sí se verificó acertada en cuando a que la ex presidenta estuvo a la altura de ese poder y asumió su lugar en la centralidad (palabra tan de moda estos días) de la política argentina.

Mucho se ha hablado de las causas que llevaron a Cristina Fernández de Kirchner a tomar la decisión de elegir a Alberto Fernández para que la acompañe en la fórmula como candidato a presidente de los argentinos.

Para quien firma estas líneas, no se trata de una sola causa. Ni tan siquiera de algunas. Se trata de un cúmulo de circunstancias que derivaron en que la dirigente política más influyente del país se decidiera por no ser ella, finalmente, la candidata a presidenta, a pesar de que todas las encuestas la ubicaban en primer lugar y con enormes posibilidades de imponerse en un eventual ballotage.

Pero, como se señala al principio de este artículo, acá no vamos a hablar de las causas, sino de las consecuencias que puede tener tal decisión. Como le gusta a la ex presidenta, vamos a hablar del futuro. En este caso, un futuro bastante inmediato.

Alberto: «El que toma las decisiones es el Presidente, pero yo no voy a prescindir de Cristina»

Hacia adentro. En un primer momento, dentro del amplio espacio kirchnerista, especialmente adentro de La Cámpora, se “militará” esta fórmula como propia; pero es difícil que la militancia sienta a Alberto Fernández como su líder. De hecho no lo es. En tanto, para los aliados no peronistas enrolados en el kirchnerismo será algo más o menos similar. Reconocen en CFK a la conductora natural del movimiento y acatarán sin chistar la decisión, se encolumnarán detrás de la fórmula hasta lograr el triunfo en octubre. Cristina se reservó para sí la conducción de la amplia militancia del movimiento kirchnerista y por ahora le responden, sobre todo porque su hijo Máximo es el artífice y líder natural de La Cámpora. Esto será así mientras Alberto sea el “aliado natural” del kirchnerismo. Pero, dicho sea de paso, si logra imponerse en octubre tendrá que trabajar mucho para ganarse políticamente a esos sectores.

Hacia el PJ. Cristina dio un paso fundamental cuando, días antes de anunciar la candidatura de Alberto, se acercó hasta el consejo del Partido Justicialista. Fue una forma de marcar territorio, como decir: “Yo también soy peronista, no se olviden”. Como si pudieran, acaso, los dirigentes del PJ olvidar quién tiene la mayor intención de voto dentro de la oposición. La dirigente fue a tranquilizarlos, a decirles también que los necesitaba, que es fundamental un partido unido si se quiere aspirar a la victoria en octubre. El peronismo es un campo mucho más difícil de sembrar, pero hoy por hoy la mayoría de los dirigentes, y aun de los gobernadores, se encolumnan detrás de la fórmula FF. Los problemas con “los muchachos” empezarán mucho después de ser gobierno, si se imponen en las elecciones.

Hacia afuera. La movida de CFK desarmó, por supuesto, la endeble estrategia electoral de Cambiemos, que consistía, básicamente, en acosarla en los tribunales, con su correlato mediático vía los grandes medios de comunicación, y en un acoso sobre su familia, especialmente sobre Florencia, a quien lograron enfermar con esta persecución implacable.

Poco antes del inicio del juicio, Cristina insistió con la «persecución judicial»

Lo más importante de esta estrategia cristinista, sin embargo, está en el plano internacional. ¿Cabe alguna duda, acaso, de que para la embajada norteamericana es mucho más fácil sentarse a conversar con Alberto que con Cristina? Haber colocado a un negociador nato como Alberto deja a Cambiemos con las manos vacías. Ya no será Macri el niño mimado del establishment y del Departamento de Estado, porque perdió influencia, perdió poder y perdió votos. Alberto empieza a tener todo eso, y con él se podrá hablar en otros términos. Esto no lo ubica a Alberto Fernández como un socio de Estados Unidos ni mucho menos, sino simplemente que se trata de alguien con quien “la embajada” podrá negociar desde otro lugar, pero a quien no podrá dar órdenes, si ésa, en todo caso, es la aspiración norteamericana. Y, muchas veces, así parece ser.

En la región, obviamente, otro será el cantar. Cristina podría tener buen diálogo con el presidente boliviano, Evo Morales, o con el uruguayo, Tabaré Vázquez, y aun con el polémico Nicolás Maduro, en Venezuela. Por supuesto, también con López Obrador en México. Y no desentonaría, por supuesto, frente a ningún jefe de Estado. Pero Alberto Fernández aparece, a priori, como mucho más “aceptable” para el resto de los gobernantes de América Latina. La región ya no es aquélla de Lula, Chávez y Kirchner, acompañados de Rafael Correa, en Ecuador; Evo Morales en Bolivia o Pepe Mujica en Uruguay. Es otra etapa para la cual Alberto Fernández calza “como anillo al dedo”.

Estas son apenas algunas de las consecuencias inmediatas de la decisión de Cristina Fernández. Por supuesto, todavía falta armar la estrategia electoral, armar un programa de gobierno y ganar las elecciones. Casi nada. El armado de las listas, quiénes las integren y cómo quedarán conformadas las Cámaras dirá bastante acerca de quién concentrará el poder en la Argentina. Da la impresión, haciendo un análisis rápido, de que el Congreso nacional será territorio “cristinista”, lo cual no es poco. Si Alberto sacara los pies del plato y rompiera ese acuerdo que nadie conoce pero que ellos dos seguro tienen muy presente, un Congreso hostil no lo ayudaría a gobernar.

Son elucubraciones, surgidas de la experiencia de vivir la política en un país que, como alguien dijo alguna vez, es como vivir en una montaña rusa. Hoy, la nueva alianza surgida entre los Fernández parece ser más auspiciosa que criticable. Hay que recordar que, cuando murió Néstor Kirchner, no se fue sólo el ex presidente y, a la sazón, marido de la entonces presidenta; sino que falleció el complemento perfecto de una sociedad política que venía funcionando muy bien. El doble comando tan fustigado daba bastante resultado. Si Cristina y Alberto reeditan aunque sea algo de esa sociedad, sin que esto signifique volver a ningún lado ni a repetir la historia, pueden venir años que ubiquen otra vez a la Argentina (si el FMI y los acreedores externos no nos declaran la guerra financiera) en una senda de crecimiento e industrialización.

 

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