«Trabajadores sin impuesto a las ganancias». Así se titula uno de los spots publicitarios de la campaña de Mauricio Macri como presidente en 2015. En ese video, que aún sigue archivado en la web, el otrora candidato explica: «El Estado no tiene que quedarse con el fruto de tu trabajo. En mi gobierno los trabajadores no van a pagar Impuesto a las Ganancias», anuncia.
Ocho años después, tras perder en primera vuelta en su intento de reelección y mientras Juntos por el Cambio se perfila prepara para quedar afuera del balotaje nacional, el ex presidente crítico duramente el proyecto de ley del ministro de Economía, Sergio Massa, que ya obtuvo media sanción en la Cámara de Diputados.
En este sentido, Macri calificó como «triste, irresponsable y perverso» al proyecto sobre la eliminación del Impuesto a las Ganancias para la clase trabajadora, al cuestionar que «creen que se puede gastar sin límites», cuando «nos estamos empobreciendo cada vez más».
Sin embargo, lo que no logra dilucidar el ex presidente es que para el Estado la quita del impuesto no es un gasto más, sino un ingreso menos, una diferencia de bajísima complejidad para la comprensión ciudadana. De esta manera, la baja en el impuesto ingresaría en la línea conceptual de su gobierno, cuando eliminó retenciones y redujo impuestos a un sin fin de empresas y exportadores. En su mapa conceptual, la reducción de retenciones al campo no era un «gasto sin límites», como sí lo es la reducción de impuestos al salario.
El ex presidente señaló que «sobre ese tema me equivoqué», al referirse a la promesa de eliminar el impuesto a las ganancias durante su gestión, y explicó que cuando se hizo la reforma impositiva le mostraron que ese impuesto «es más justo que cualquier otro. Hay que ir por un sistema impositivo sano que genere empleo», intentó argumentar.
No es raro que el ex presidente sostenga que le parezca justo que el trabajador pague el impuesto al salario y no las empresas con mayor caudal de ganancias en el país o las que exportan al exterior volúmenes extraordinarios.
Los datos demuestran que eliminar tributos a sectores empresarios o exportadores tiene hasta el triple de perjuicio al Estado que el impuesto a las ganancias. De hecho, las eliminaciones más recientes no generaron el mismo nivel de cuestionamiento. Este aspecto quedó de manifiesto, por ejemplo, tras la nula reacción de la oposición sobre la medida de Massa de bajar retenciones por 90 días a la industria láctea.
La eliminación de la cuarta categoría representa casi un 0,3 por ciento del PBI. El impacto es mucho menor en relación a las últimas bajas de Retenciones a las Exportaciones y Contribuciones Patronales que estableció Macri en su momento. En 2016, su gobierno eliminó los Derechos de Exportación a la soja, medida que costó 0,74 por ciento del PBI. Tres años más tarde, en 2019, la reducción que hizo el PRO de Contribuciones Patronales supuso un 0,22 por ciento del producto bruto.
Este tipo de medidas, según su criterio, ayudarían a que se dé un «proceso de inversiones» o «sacarían el pie del estado sobre las empresas», pero un aumento del poder adquisitivo del trabajador no ayudaría, en su visión, a que aumente la inversión del obrero en su propio proyecto de vida y su bienestar, que al mismo tiempo fomentan la demanda agregada y el circuito virtuoso de la economía.
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En 2020, los legisladores del macrismo, ya en la oposición, se opusieron al Impuesto a la Riqueza, en un contexto de pandemia donde resultaba urgente aumentar los ingresos fiscales. Un impuesto que recaudó anualmente un 0.6% del PBI fue cuestionado por «distorsionar» el esquema fiscal y «ahuyentar inversiones», argumentos vacíos que no contemplaron en este caso la mayor progresividad posible de un tributo: que lo paguen sólo los ricos.
«Hay que bajar los costos, y los salarios son un costo más», señalaba como un mantra Mauricio Macri cuando comenzaba su carrera política, dejando en claro los intereses que defendía. Tras prometer eliminar el impuesto en su campaña de 2015, el gobierno de Mauricio Macri aumentó en un 26% la cantidad de trabajadores alcanzados, ya que pasaron de ser 1.690.000 a 2.140.000 los que terminaron pagándolo entre el inicio y el final de su mandato.
Mientras tanto, eliminó retenciones a los grandes exportadores e impuestos tan insólitos como simbólicos, como al champagne y la empresa extranjera Chandon, y a la compra de autos de alta gama como Audi y BMW. Una pequeña muestra, dentro de tantas, de por qué terminó siendo el primer presidente en la historia argentina en perder su reelección.