El secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, y el canciller de Rusia, Serguéi Lavrov, se vieron las caras en Ginebra. El gobierno de Joe Biden dio luz verde, para que los países del Báltico envíen armas a Ucrania, que comenzó a materializarse en la últimas horas. Los detalles de un conflicto que escala y que tendrá nuevas conversaciones en la semana.
El canciller ruso, Serguéi Lavrov había alertado sobre la situación en Ucrania: «Quién amenaza a quién y en qué pueden desembocar estas amenazas es una gran pregunta».
Esa interrogante sigue abierto, aún tras la reunión de Ginebra. La «neutralidad» de Suiza no aclaró el panorama sobre la tensión en Ucrania, que podría «derivar en una guerra total», como señaló Blinken en Alemania, escala previa a su llegada a la reunión con Lavrov.
Pero es necesario hacer algunas precisiones de orden histórico, para pensar los antecedentes de esta escalada, que no es del todo nueva.
Ya en 2014, con el cambio de gobierno en Ucrania, Moscú consideró que se trató de un golpe de Estado, con el objetivo de cambiar la orientación de Kiev, hasta ese entonces mucho más amigable con Moscú. Además, es importante aclarar que, a diferencia de otras repúblicas que había conformado la Unión Soviética (eran 15), Ucrania nunca había sido independiente antes de la Revolución de 1917, con lo cual no existían las tensiones que siempre hubo con otras nacionalidades.
Rusia reclama a Occidente por las tensiones en torno a Ucrania
La crisis tiene un eje central que es la región de Donbás (repúblicas populares de Donetsk y Lugansk, independientes de hecho, pero reclamadas por Ucrania). Estos territorios cuentan con mayoría de población pro rusa. En esa zona nació el pueblo ruso, por eso la especial sensibilidad que el tema genera en Moscú.
El foco de la prensa internacional está puesto en las maniobras militares rusas, con cerca de 100 mil soldados movilizados cerca de la frontera con Ucrania. Pero durante 2021 hubo 5 ejercicios nucleares de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), pese a que Ucrania no es miembro de esa entidad, nacida tras la Segunda Guerra Mundial.
Moscú interpreta esto como una amenaza, que pone a 5 minutos de la Plaza Roja los misiles Patriot, que ya están en Rumania y en Polonia, a 15 minutos de impactar en el Kremlin.
Evidentemente estamos ante un nuevo capítulo de la Guerra Fría, que funciona solo con un equilibrio sustentado en una posible mutua destrucción, que solo es evitada por la paz basada en la fuerza. Es un principio básico de la Defensa y su relación con la diplomacia, que es garantizada por la «latencia» de las armas.
Ahora, cuando esa posibilidad de uso de las armas se acerca por la distancia o la tecnología, de los 15 minutos que tarda un misil desde Polonia, a los 5 minutos que demora desde Ucrania, el peligro aumenta y la palabra pierde valor.
La historia
Cuando en 1991 se formalizó la caída de la Unión Soviética, un requisito pedido por el último líder soviético Mijaíl Gorbachov fue que la OTAN no extendiera su área de influencia hacia el Este, para no amenazar a Rusia. El equilibrio entre el Pacto de Varsovia y la OTAN tenía las horas contadas y la borrachera del fin de la historia llevó a Estados Unidos a ir por todo.
En 1999 la OTAN se expandió a Polonia, Hungría y República Checa. En 2004 hizo lo propio con Bulgaria, Eslovaquia, Eslovenia, Letonia, Lituania y Estonia. En 2009 sumó Croacia y Albania. En 2017 a Montenegro y en 2020 a Macedonia del Norte. Ahora quieren instalarse en Ucrania. El Pac-Man quiere llegar a Moscú.
La OTAN se había creado en 1949 para «defender» a Occidente de la Unión Soviética. Pero su debut en el territorio se dio recién después de 1991, una vez que la Unión Soviética empezaba a ser un recuerdo. Los Balcanes a finales de los noventa, con el despedazamiento de lo que había sido Yugoslavia en los 90; su intervención en la respuesta global de Estados Unidos tras los atentados de 2001 en Nueva York y Washington; la participación en la segunda Guerra del Golfo en 2003 y los bombardeos en Libia en 2010, sin que ninguno de sus miembros fuera atacado, fueron los pasos sangrientos de la OTAN.
En esa lógica, hacia el este europeo solo queda Rusia. Pero Moscú es un hueso duro de roer. Lo supieron las fuerzas «occidentales» en 1919/20, cuando quisieron aplastar a la naciente Revolución Rusa. Lo supo Adolf Hitler, con la vista al costado de Estados Unidos, que hasta último momento esperó la caída de la Unión Soviética. La heroica defensa del pueblo soviético, no solo el crudo invierno ruso, fue el factor fundamental de lo que hoy es reivindicado por Vladimir Putin con orgullo, más allá de las 3 décadas sin el llamado «socialismo real»: la Gran Guerra Patria.
Estos acontecimientos, el avance de la OTAN sobre el Mar Negro, que le da marco geográfico al epicentro del conflicto, pueden desatar esas fuerzas dormidas.
La incógnita es si primará la lógica expansionista de la OTAN o, el principal factor económico entre Rusia y el resto de Europa. El 40% del gas que se consume en el Viejo Continente viene de Rusia. Puede sonar temerario, pero tal vez sea hora de preguntarse si Occidente quiere pasar de comprador de gas a dueño del fluido.